Cuando la tecnología debe estar al servicio de las personas, y no a la inversa.

Momento de reunión familiar. Una familia como tantas otras se sentará a la mesa para compartir el almuerzo del domingo. Pero, ¿será posible? … Mientras algunos chequean el celular, otros aprovechan a jugar con las tablets, ponen su atención en el smart TV de fondo o en su flamante smart watch de alta gama. Aunque de forma intermitente, la escena se repetirá muchas veces durante la reunión, sumando otras prótesis tecnológicas a lo largo del día … y del resto de la semana.

Los integrantes de la familia que se menciona, al igual que muchos otros, no saben que su adicción a las nuevas tecnologías puede resultar patológica, al provocarles síntomas de cansancio mental y físico, nerviosismo y ansiedad. Tampoco saben que los daños pueden llegar a afectar sus cuerpos:dolores musculares, cefaleas, trastornos visuales. En suma, un nivel de estrés indeseado y particular conocido como “tecnoestrés”, concepto definido por primera vez en los años 80 por el psiquiatra Craig Brod, como una enfermedad causada por la falta de habilidad para tratar con las nuevas tecnologías de manera saludable.

En la versión online del diario La Nacion, el Dr. Daniel López Rosetti comenta sobre este fenómeno: “Me ha sucedido de estar atendiendo a un paciente al que le suena el celular; éste pide disculpas, pero responde a la llamada dándole prioridad por sobre el diálogo que está manteniendo conmigo acerca de su salud. Tras finalizar la conversación, el paciente apaga el celular, pero en cuestión de segundos, otro teléfono en uno de sus bolsillos empieza a sonar “.

Una encuesta realizada en EE.UU. en 2.012, por la empresa tecnológica Lookout, determinó que el 58 por ciento de los usuarios de smartphones no deja que pase 1 hora sin echarles un vistazo, y un 73 por ciento admitió sentir pánico ante la idea de no saber dónde está su dispositivo.

Argentina no se queda atrás: 13,3 millones de usuarios de smartphones padecen el mismo problema, como lo asegura un estudio de Google realizado en el 2.015. Ocupa el tercer puesto en conexiones a Internet en América Latina.

En cualquier caso, este tipo de estrés puede llegar a afectar otras partes del cuerpo además de la psiquis, como el aparato circulatorio. Al respecto, la Dra. Marta Laham, del Instituto de Psicocardiología, opina que puede propiciar “el desarrollo de gastritis, úlceras, problemas dermatológicos, insomnio, hipertensión, hasta llegar al evento coronario“.


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 le acerca algunos consejos que el Dr. Juan Manuel Bulacio del Instituto de Ciencias Cognitivas Aplicadas (ICCAP), recomienda en su página, para hacerle frente al tecnoestrés:

  • Identificar el problema: aunque parezca simple, este es el paso más importante. Cómo detectarlo: Bulacio afirma: “El Tecnoestrés se manifiesta en la necesidad compulsiva de conectarse, en la sensación de pérdida si no es posible hacerlo, o cuando no somos libres de manejar los tiempos de respuesta propios, ni aceptar los tiempos de respuesta de los demás”.
  • Educar al propio organismo: psicoeducación. “Entrenar el manejo de las compulsiones, lograr un mejor uso y administración del tiempo y aprender técnicas de respiración y relajación”.
  • Buscar el equilibrio entre las tareas cotidianas y el uso de tecnologías, integrando actividades al aire libre, vida natural, dieta y ejercicio.

En definitiva, comenta Bulacio, se trata de prevenir el tecnoestrés a través de un tratamiento integral donde el uso de la tecnología sea armónico y al servicio de las necesidades reales de la persona”.

5 síntomas que pueden marcar el uso indebido de la tecnología:

  • Descuido de relaciones y actividades importantes
  • Críticas y quejas del entorno socio-familiar y laboral/educativo
  • Aislamiento social
  • Aparición de problemas físicos (tics, alteración de la vista, cefaleas, malas posturas)
  • Privación del sueño-comida a causa del uso

 

Más información

La Nación 
Lookout
Google
Instituto de Ciencias Cognitivas Aplicadas

Brod, Craig. Technostress: The Human Cost of the Computer Revolution. Reading, Mass: Addison Weslety, 1984.