La búsqueda de lo perfecto puede traer trastornos alimenticios.

En 1973, la Asociación Americana del Corazón recomendó limitar la ingesta de huevo a un máximo de tres por semana. Esta idea fue aceptada durante años por las instituciones sanitarias, quienes a su vez la transmitieron a la población general.

Sin embargo, el efecto del colesterol dietético sobre los niveles de colesterol plasmático en personas sanas es mínimo, un 20%. Por el contrario, depende en gran medida, 80%, de factores individuales como la genética o los hábitos de vida. Los principales responsables nutricionales del aumento de los niveles de colesterol en sangre y en particular del LDL, son las grasas saturadas y los ácidos grasos trans. La mayor parte de los alimentos ricos en colesterol suelen ser también ricos en grasas saturadas, el huevo no lo es. Un huevo de tamaño medio contiene unos 200 mg de colesterol, pero tiene más grasas insaturadas que saturadas y solo 70 calorías. Debido a su contenido en fosfolípidos, que interfieren en su absorción, este colesterol tiene muy poco efecto sobre el colesterol plasmático según metanálisis y estudios RCT.

La edad media terminó hace siglos. Sin embargo, asistimos a una caza de brujas posmoderna: desde distintos sectores quieren hacernos creer que la comida es un enemigo, que en todos lados hay venenos ocultos en los alimentos. En realidad se trata de ciclos de demonización y entronización. Esto ha generado una especie de temor cuasi fóbico a todo lo disponible para comer o beber. Que los salmones son de criadero, que los vegetales contienen demasiados pesticidas, que la leche no es necesaria, que el azúcar es tóxica, que las pastas engordan o que …

Asistimos a un extraño proceso en el que comer se ha vuelto un ejercicio intelectual y simultáneamente un acto ilícito y peligroso. Los costos a pagar son variados. En principio la demonización genera una epidemia de ortorexia. Quienes padecen este nuevo trastorno alimentario evitan o restringen alimentos o ingredientes en una búsqueda obsesiva de lo puro, lo limpio y lo natural. Estas personas intentan evitar cual Ulises a las sirenas, todo producto alimenticio “sospechoso”. Frente a este nuevo trastorno alimentario solo queda recomendar evaluar críticamente lo publicado por los medios.

Los humanos necesitamos más de 60 nutrientes “empaquetados” en alimentos. Demonizar y eliminar un grupo completo de alimentos, aumenta el riesgo de “hambre oculta”, es decir, carencias de micronutrientes.

La comida es imprescindible y sobre todo, funciona. Si bien es cierto que la agroindustria debe progresar de un paradigma de la cantidad – alimentos para todos – a otro de la calidad, amenazar a los consumidores, atemorizar a las personas frente a la góndola, ¡no posee beneficios para nadie!

 

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