El placer como eje de las elecciones alimentarias.

Existe un contexto inédito en el mundo de la nutrición. Por un lado, enormes avances científicos reconocidos y disfrutados por la gente. Por el otro, una epidemia de escepticismo científico que alimenta no sólo la demonización cíclica de grupos enteros de alimentos (grasas, carnes, huevos, harinas, azúcar, leche), la mayoría de las veces sin fundamento, sino el surgimiento de tribus alimentarias opuestas y extremas como la paleo (cero hidratos) o la vegana (cero carnes).

Cada individuo posee la libertad de elegir qué es bueno para comer y también, el deber de hacerse cargo de la responsabilidad implícita en cada comportamiento. Pero todos somos potenciales agentes de salud y cuando tantos mensajes contradictorios inundan medios y comunidades, es difícil saber a quién creerle y esta confusión posee impacto en los procesos de salud/enfermedad más allá del ámbito de lo privado.

Los humanos comemos para incorporar más de 60 nutrientes contenidos en diferentes alimentos, pero además lo hacemos para ingerir calorías, para socializar, para regular emociones, para estructurar identidad y para obtener placer. Hasta el momento existe un desacople entre las dietas o las regulaciones (sodio, grasa o azúcar) y la ausencia del placer en el debate.

Siempre habrá una tensión entre el acto de comer, inexorable, y el malestar corporal disparado por enfermedad, estética u ortorexia.

Las entidades regulatorias y los expertos muchas veces se comportan como maestros puritanos o dictadores, creyendo que la gente vivirá a manzana y espinaca, sólo porque es saludable o por prescripción profesional. Es necesario rescatar al placer como eje de las decisiones humanas.

Como sostenemos en la filosofía “No dieta”: no hay alimentos prohibidos, lo importante es el equilibrio entre necesidad y placer.

La clave siempre será la decisión basada en la evidencia científica, con flexibilidad y reconociendo al placer como eje.

El enorme fracaso que representan las enfermedades crónicas relacionadas con el estilo de vida, requiere más allá de la evidencia científica, un replanteo de los agentes de salud: reconocer a las personas como seres deseantes. ¿Estaremos a la altura de este desafío?

 

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