Cuando el órgano “remodelado” por el deporte intenso enmascara una patología.

Un corredor competitivo de 42 años de la isla británica de Jersey se hizo un examen cardiológico de rutina. Los resultados fueron inquietantes: el electrocardiograma reveló una inversión en ciertas ondas que pueden sugerir una falta de oxigenación del tejido cardíaco, mientras que el ecocardiograma constató un agrandamiento marcado del tabique o septum, que separa los dos lados del corazón. Los médicos sospecharon que el deportista tenía miocardiopatía hipertrófica: una condición por lo general genética, que representa la principal causa de muerte súbita en adultos jóvenes, que de haber sido así, lo hubiera obligado a abandonar las pistas.

Para confirmar el diagnóstico, le pidieron al paciente que interrumpiera todo ejercicio durante 3 meses. Al cabo de ese lapso, repitieron los estudios. Todos respiraron aliviados. Los parámetros se habían corregido por completo, como si le hubieran puesto en el pecho, el corazón de otra persona. Los profesionales comprendieron entonces, que las alteraciones cardíacas correspondían a una respuesta normal del órgano al esfuerzo, por lo cual, le permitieron al deportista reanudar el entrenamiento que venía realizando. No había nada que temer.

El caso, descripto en 2.013 en la revista médica BMJ Case Reports, grafica cuán veloz y flexible puede ser la reacción del corazón a las variaciones en la exigencia física. Y pone de manifiesto la importancia de que los médicos discriminen entre la respuesta adaptativa normal del llamado “síndrome del corazón del atleta” o “corazón del atleta” (los cambios clínicos, eléctricos y estructurales, cardíacos, que resultan esperables por la práctica intensiva de deportes) y ciertas patologías, como la miocardiopatía hipertrófica, que aumentan la mortalidad durante el ejercicio enérgico.

“Diferenciar unos de otros es el gran desafío”, dice a CardioVida24 el Dr. Roberto Peidró, coordinador del Comité de Cardiología del Deporte de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC). Confundir una enfermedad con el corazón “agrandado” del deportista, o viceversa, puede tener 2 consecuencias graves: por un lado, exponer a un atleta al riesgo de muerte súbita; por el otro, obligar a dejar el deporte a quien no hubiera tenido inconvenientes para seguir practicándolo, lo cual tiene un enorme impacto sobre su calidad de vida.

Hay que tener en cuenta que las mayores modificaciones del corazón del atleta, como engrosamiento de las paredes, alteración del electrocardiograma (ECG) y frecuencia cardíaca baja (bradicardia), aparecen en deportistas competitivos y de alto rendimiento, sin límites para entrenar. No en aquellos aficionados que juegan a la pelota una vez por semana o salen a trotar una hora, día por medio. Aunque los efectos son diferentes según el individuo, la carga de entrenamiento o la modalidad de competencia, algunos de los deportes donde se manifiesta esta condición son: boxeo, remo, ciclismo, triatlón, fútbol, rugby, esquí de fondo, natación y levantamiento de pesas.

Peidró, quien también es vicepresidente de la Fundación Cardiológica Argentina (FCA) y fue arquero profesional de fútbol durante más de una década, destaca que la “inmensa mayoría” de las modificaciones del corazón del atleta son reversibles una vez que se interrumpe la actividad deportiva, incluso en el lapso de pocos meses, como se vio en el ejemplo del comienzo. “Nadie puede aducir que tiene el corazón agrandando porque diez años atrás levantaba pesas”, sintetiza. “La causa tiene que ser otra”.

En cualquier caso, para separar la paja del trigo y disipar las dudas, Peidró sostiene que existen varias herramientas adicionales que permiten orientar el diagnóstico. Así, los médicos tienen mayor sospecha de que sea una miocardiopatía hipertrófica y no una adaptación normal al esfuerzo, cuando identifican antecedentes en la familia de muerte súbita antes de los 50 años. También, cuando detectan un soplo (flujo sanguíneo turbulento) de determinadas características en la auscultación; ciertos cambios en las ondas T en el ECG; un agrandamiento del septum o tabique sin que se engrose el resto de la pared del ventrículo; o la presencia de algún gen que se asocia con la enfermedad. Sólo en los casos de mayor duda, se indica la interrupción de la práctica deportiva de 3 a 6 meses para verificar si normalizan o no los parámetros.

En síntesis:

  • El corazón del atleta constituye una adaptación fisiológica normal al esfuerzo físico intenso y sostenido, típico de los deportistas competitivos, que no entraña ningún riesgo para la salud.
  • Es muy importante que los médicos descarten que, en realidad, no se trate de alguna patología(como la miocardiopatía hipertrófica), que aumenta el riesgo de muerte súbita durante el ejercicio.
  • Todas las modificaciones, en la gran mayoría de los casos, son reversibles en el curso de pocos meses, una vez que se abandona la práctica activa del deporte.
  • Es necesario que los atletas consulten a un cardiólogo especialista en medicina deportiva, y que esté familiarizado con los cambios clínicos, eléctricos y anatómicos del corazón, que se producen como respuesta a la práctica competitiva de deportes.